Hora cero

Por: Chema Urrutia

La vida se terminaba junto con la caída de las hojas. Se encontraban él y su nieto. El color marchito marcaba el final de todo. No había más opciones. Había llegado la hora cero.

–          Lamento no poder hacer más por nosotros, pero puedo contarte una historia.

Y así comenzó:

Recuerdo aquellos días de gloria, el equilibrio lo era todo. Los mares cristalinos, un azul hipnotizante. El aire limpio, ligero, inclusive respirar era placentero, no generaba ningún mal. El verde de los bosques resplandecía, y si ponías atención veías todos los colores que existen de forma natural convivir en el ambiente. La vida y la muerte estaban en compañía, en balance perfecto.

Éramos muchos, como solían contarte los mayores. Los había de todos los tamaños y colores, y no importaba en qué parte del mundo estuvieras, siempre encontrabas a uno de nosotros, formando parte de un ecosistema más grande que nuestra individualidad. Teniendo conciencia de nuestro lugar. Nuestra importancia. Aquellos días parecían no tener fin. Los pequeños retoños crecían, y la sabiduría de los más viejos guardaba historias extraordinarias sobre las maravillas del mundo.

Pero… sabes cómo acabó todo, ¿no? Creímos que entenderían, que nos verían… Al principio fue así, coexistimos con el saber de la otredad del otro, no éramos ajenos, y teníamos un pacto, todos éramos necesarios para que la vida viviera. Por mucho tiempo el sol iluminaba las praderas con los rayos del albor de la mañana, y por las noches el cielo se llenaba de destellos brillantes que representaban cada uno de los sueños de todos los seres. Eran otros días. Podías soñar. Podías volar.

Formar parte del ciclo natural era la preocupación más grande. El papel que todos desempeñábamos era fundamental para el funcionamiento de las cosas. Todo nacía, respiraba, vivía, y todo moría, concluía su ciclo para volver al suelo y ser la tierra fundacional de una nueva vida. No había superioridad entre nosotros, el lugar que teníamos designado era un decreto natural, la elección de cómo vivir siempre estuvo, sin embargo, éramos todos nosotros. Conciencia. Anagnórisis.

Creímos que entenderían. Nunca comprendimos la supuesta inteligencia que clamaban tener. Un sistema de engranajes bien aceitado, año con año había cambios. La superioridad llevó a que olvidaran nuestro pacto. Nos volvimos invisibles. Nos volvimos objetos. Dejamos de pensar para ellos, de sentir, de soñar. La avaricia fue el motor de su civilización. Acumular y consumir. Tener, aunque fueran a morir. La esencia se perdió. Soñar ya no era válido. Volar un delito. Se cortaron las alas, y cerraron los ojos. Creadores y destructores. Al final, decidieron usar sus manos para arrancarnos de raíz.

La última hoja cayó. Aquel viejo ahuehuete se marchitó. Solo quedó el recuerdo de sus palabras, pero ya no había seres para recordar, solo quedaba él. El último árbol con vida, cuyas hojas comenzaban a caer.

Sueños luctuosos

Por: Chema Urrutia.

El cuarto estaba desordenado como de costumbre, contrario a la puerta, se observaba un escritorio caótico, papeles por todos lados, plumas gastadas y nuevas, regadas por la planicie de madera, ropa de todo tipo esparcida sin un patrón alguno, la silla estaba cubierta por una montaña de ropa que la moldeaba de tal forma que había perdido el único propósito que puede tener una silla. Por el contrario, en el ambiente tenue y oscuro, ocasionado por la penumbra que generaban las cortinas, una ráfaga de luz entraba directamente en mis ojos, el albor de la mañana se asomaba a la ventana como un día cualquiera. Recuerdo sentir una molestia inmensa, los párpados pesados, cuerpo cortado, un ligero dolor de cabeza y la apatía regular que se sentía un día a la semana -De nuevo es lunes -. Pensé.

Pero me bastó estar consciente por cinco minutos para notar algo diferente, a pesar de ser un día soleado,el ambiente era negro, como la bóveda celeste en plena madrugada, solo que sin luz, sin esa luz que delinea el rostro de una forma tan sutil, que hace de la oscuridad, algo que ni un niño de nueve años le fuera temer, y yo aún no lo había comprendido.

Al levantar el celular para ver la hora, me detuve a ver mi reflejo en la pantalla, era yo, pero incompleto, mi cabello largo y café oscuro, carecía de brillo, mi piel, tenía un tono más pálido que de costumbre, la expresión de mis ojos era fúnebre, luctuosa, había llorado dormido, el color café claro de mis ojos yacía escondido tras una hinchazón con matices rojizos que delataban y extrañaban a las lágrimas caídas durante la noche, mi nariz tosca, ayudaba a la inexpresividad de mi rostro, completada finalmente por unos labios que descansaban en posición horizontal, sin embargo, alcancé a notar gotas rojas esparcidas por mis pómulos. – Extraño…-. Pensé. Aquello no tenía sentido. acerque mi mano para removerlas, al pasar el dedo desaparecieron, más nunca sentí la textura líquida que aparentaban dichas gotas.

Al ponerme de pie, el cuarto se convirtió en un gran cubo oscuro, con una sola luz que apuntaba a lo que aparentaba ser un cadáver, pero no corrí, al contrario, me acerqué. Noté que un arma de un pequeño calibre colgaba de mi mano derecha, en cualquier estado de humanidad, la hubiera arrojado al piso, mientras mentaba madres y maldecía a la vida por haber matado a alguien, pero no, no sentía culpa, solo tristeza, traición y decepción.

Acomode la lámpara para ver el rostro del desgraciado que sufrió la fortuna de recibir dicha bala, conforme la luz se iba acercando, todo iba cobrando sentido, vi mi rostro, sin vida, diferente, el mismo reflejo que apareció en la pantalla, con las mismas manchas de sangre que descansaban en la cara. Dicen que los sueños forman una parte tan entrañable de nosotros que toman nuestra forma, solo habitan en un mundo de fantasía, estoicos y heroicos personajes, pero ¿qué pasa cuando un sueño atenta contra otro? ¿Cuando la vida, te cambia la visión del mundo a chingadazos y por ende tus anhelos más profundos, se ven alterados? Es poético, dirían muchos, concebir, abandonar y asesinar sin escrúpulos nuestros sueños, que locura, pero por fortuna, hay muy pocos cuerdos en el mundo. Miré a los ojos a aquel sueño abandonado, cuando una mano se posó sobre mi hombro. Las lágrimas comenzaron a  correr. Otro sueño había llegado ¿Es que acaso hay sueños buenos y malos? ¿Habrá un sueño que valga la pena abandonar? ¿O todos son dignos de ser perseguidos hasta que nuestra locura nos consuma y las plantas de nuestros pies supliquen por parar de correr? Pero en este día, en este lunes luctuoso, eso no importaba.